Orloj
Título: Orloj
Fandom: Original
Disclaimer: Por una vez en la vida sí puedo decir que todo lo que hay bajo el cut me pertenece.
Notas: Regalo de navidad para
avada_kadaver . En su lista había pedido originales, que no fueran ciencia ficción y que, a ser posible sucediera en una ciudad europea. No sé qué te parecerá este experimento, Elea, espero que no quieras tirarme tomates por lo menos ;)
El título, Orloj, viene de "Staroměstský orloj", palabra checa para nombrar al Reloj Astronómico de Praga.
.....
Cada día, cuando las puertas se abrían y la gente comenzaba a llegar, él siempre llevaba una sonrisa puesta. Daba igual que lloviera, que hiciera demasiado calor o que el uniforme de invierno no fuera suficiente para combatir el frío; él siempre esbozaba una sonrisa. Como si las horas en la misma posición no se le hicieran interminables. Y si algún valiente se acercaba para hacerse una fotografía, él miraba a la cámara. Fugazmente, pero lo hacía. Porque podían ser la guardia de la mayor fortaleza medieval del mundo, pero no eran como aquellos ingleses con gorros imposibles.
Se había acostumbrado a los matices de aquellas piedras, a la sorpresa en la mirada de la gente cuando cruzaban la entrada y se maravillaban con las vistas. Y aunque podía parecer demasiado rutinario, él disfrutaba con cada cambio de guardia, siempre encontraba una anécdota que le hiciera reír o el comentario de algún niño sobre los caballeros de brillante armadura que vivirían tras aquellas paredes.
Aquel era como otro día cualquiera, como la misma ronda repetida cada tres horas, el mismo camino desde la catedral hasta la entrada. La gente que pasaba se paraba a mirar el pelotón de la guardia, con sus abrigos azules y sus cuellos abrigados. La barbilla alta y un solo paso.
Alguien hizo una foto y un niño exclamó algo en un idioma que no entendió, pero él volvió la vista. Mirar a los lados no estaba prohibido mientras no perdiera el paso de su pelotón.
Detrás del niño, sentada en el suelo y con un bloc sobre las piernas, una chica morena estaba dibujando algo. Eso sí llamó su atención, le hizo girar un momento la cabeza y ver lo que ella estaba viendo. Frunció el ceño y siguió adelante, repitiendo el paso de sus compañeros. Aquel no era precisamente uno de los ángulos más encantadores de la catedral.
Horas después, vestido con vaqueros y zapatillas de deporte, vio de nuevo aquel bloc en la entrada trasera del castillo. En el primer escalón de aquella interminable escalera que bajaba a diario, la misma chica se dedicaba a dibujar esbozos de la gente que pasaba. No es que le sorprendiera, no había más que irse al puente de Carlos para ver las maravillas que la gente podía dibujar en aquella ciudad. Pero aquella chica estaba dibujando gente y escalones que no terminaban, mientras se perdía una vista impresionante del río Moldava al atardecer justo a su espalda.
Ella alzó la vista un segundo al pasar la página y se topó con la mirada sorprendida del guardia que no volvería a ser soldado hasta la mañana siguiente.
Pero ese segundo terminó y ella desvió la mirada para seguir dibujando, aprovechando los últimos rayos de un sol invernal que empezaba a calentar demasiado poco. No se dio cuenta de que aquel hombre alto y sorprendido se giraría un par de veces mientras bajaba las escaleras, para verla dibujar.
Dos días después, cuando él había encontrado otros detalles en los que pensar, ella volvió a aparecer en su rutina. Con una chaqueta oscura, unos vaqueros y el mismo bloc bajo el brazo. A sólo unos metros, al otro lado de un paso de peatones que pronto se pondría en verde. Estaban en la otra orilla del río, lejos de cualquier zona turística de la ciudad.
Las coincidencias parecían existir de verdad.
En cuanto el semáforo dio el aviso y los coches se detuvieron, ambos salieron corriendo. Porque todo el mundo sabía que el verde no duraba el tiempo suficiente para cruzar ningún paso de peatones en toda la ciudad. Cuando se cruzaron él, intencionadamente, se movió para pasar junto a ella, pero la chica ni siquiera le miró. Los coches arrancaron de nuevo y el soldado y la dibujante se perdieron de nuevo, en direcciones opuestas.
Él no podía dejar de sentir curiosidad sobre la chica, pero era algo puntual, algo que sólo venía a su mente cuando la veía. Y eso sólo había sucedido en un par de ocasiones, tampoco era tan extraordinario.
Pero cuando se cruzaron una tercera vez empezó a pensar seriamente en las coincidencias. Porque Praga era una ciudad demasiado grande como para que dos personas que no estaban para nada relacionadas entre sí se encontraran tres veces en menos de diez días. Incluso cruzarse con esa persona más de una vez en una ciudad como aquella, donde había tanto movimiento de turistas, era un fenómeno cuando menos inusual.
Así se lo estaba contando a dos de sus compañeros un día más tarde, mientras salían del castillo. Mochila en mano y con la intención de olvidar todo cuando contara aquella anécdota. Tenía la impresión que si alguien más lo sabía, le daría una visión tan normal y simple del asunto que él lo acabaría olvidando. ¿Cuáles eran las posibilidades de verla otra vez?
Era una locura. Se lo repitió unas cuantas veces mientras se tomaban una cerveza en el bar de la plaza. Estaba a medio minuto del castillo y aunque había probado cervezas mejores, le gustaba mucho ir allí. Sentarse en una mesa junto a un ventanal y tener los tejados de Malá Strana a tus pies con el Moldava de fondo no tenía precio.
Un par de horas después, cuando se despidió de ellos, enfiló el puente de Carlos a paso ligero, evitando a duras penas la cantidad de gente que lo cruzaba en aquel momento. Los dibujantes empezaban a recoger sus puestos y él, casi sin querer, comenzó a fijarse en todos los que iba viendo. Una parte de él quería provocar la coincidencia, quería verla otra vez. Por curiosidad, por saber si eran posibles las cuartas ocasiones.
Pero ninguno de los que cruzaban el puente tenían el pelo oscuro y los ojos almendrados de la dibujante misteriosa, como había empezado a llamarla en silencio.
Caminaba como un autómata hacia la parada de metro, sin pararse a mirar por qué calle iba. Era el camino de siempre, no había manera de equivocarse. Sin embargo, acabó junto al Reloj Astronómico, en vez de en la parada de Mustek.
La plaza del Reloj estaba desierta. Echó un vistazo a la hora y lo entendió: faltaban más de cuarenta minutos para que volvieran a dar las en punto. Aún así había movimiento por los puestos de los alrededores. Dio una vuelta a la plaza, disfrutando de la calma.
La cuarta ocasión apareció a pocos metros.
Y aunque en ese momento se sintió un poco ridículo, no pudo evitar sonreír cuando vio a su dibujante misteriosa allí. No llevaba el bloc bajo el brazo, pero un carboncillo se balanceaba entre sus dedos.
Él decidió acercarse. No iba a perder la oportunidad de preguntarle. Quería saciar su curiosidad y saber por qué aquella esquina de la catedral, el primer día que la vio dibujando; por qué aquella y no cualquiera de las mil opciones que había en todo el castillo.
O quizás, en el fondo, le interesaba algo más que su forma de dibujar.
Más notas: Por si a alguien le interesa saber sobre el funcionamiento y lo famoso del Reloj Astronómico de Praga. Lo explican mucho mejor de lo que yo lo haría jamás.
Fandom: Original
Disclaimer: Por una vez en la vida sí puedo decir que todo lo que hay bajo el cut me pertenece.
Notas: Regalo de navidad para
El título, Orloj, viene de "Staroměstský orloj", palabra checa para nombrar al Reloj Astronómico de Praga.
Cada día, cuando las puertas se abrían y la gente comenzaba a llegar, él siempre llevaba una sonrisa puesta. Daba igual que lloviera, que hiciera demasiado calor o que el uniforme de invierno no fuera suficiente para combatir el frío; él siempre esbozaba una sonrisa. Como si las horas en la misma posición no se le hicieran interminables. Y si algún valiente se acercaba para hacerse una fotografía, él miraba a la cámara. Fugazmente, pero lo hacía. Porque podían ser la guardia de la mayor fortaleza medieval del mundo, pero no eran como aquellos ingleses con gorros imposibles.
Se había acostumbrado a los matices de aquellas piedras, a la sorpresa en la mirada de la gente cuando cruzaban la entrada y se maravillaban con las vistas. Y aunque podía parecer demasiado rutinario, él disfrutaba con cada cambio de guardia, siempre encontraba una anécdota que le hiciera reír o el comentario de algún niño sobre los caballeros de brillante armadura que vivirían tras aquellas paredes.
Aquel era como otro día cualquiera, como la misma ronda repetida cada tres horas, el mismo camino desde la catedral hasta la entrada. La gente que pasaba se paraba a mirar el pelotón de la guardia, con sus abrigos azules y sus cuellos abrigados. La barbilla alta y un solo paso.
Alguien hizo una foto y un niño exclamó algo en un idioma que no entendió, pero él volvió la vista. Mirar a los lados no estaba prohibido mientras no perdiera el paso de su pelotón.
Detrás del niño, sentada en el suelo y con un bloc sobre las piernas, una chica morena estaba dibujando algo. Eso sí llamó su atención, le hizo girar un momento la cabeza y ver lo que ella estaba viendo. Frunció el ceño y siguió adelante, repitiendo el paso de sus compañeros. Aquel no era precisamente uno de los ángulos más encantadores de la catedral.
Horas después, vestido con vaqueros y zapatillas de deporte, vio de nuevo aquel bloc en la entrada trasera del castillo. En el primer escalón de aquella interminable escalera que bajaba a diario, la misma chica se dedicaba a dibujar esbozos de la gente que pasaba. No es que le sorprendiera, no había más que irse al puente de Carlos para ver las maravillas que la gente podía dibujar en aquella ciudad. Pero aquella chica estaba dibujando gente y escalones que no terminaban, mientras se perdía una vista impresionante del río Moldava al atardecer justo a su espalda.
Ella alzó la vista un segundo al pasar la página y se topó con la mirada sorprendida del guardia que no volvería a ser soldado hasta la mañana siguiente.
Pero ese segundo terminó y ella desvió la mirada para seguir dibujando, aprovechando los últimos rayos de un sol invernal que empezaba a calentar demasiado poco. No se dio cuenta de que aquel hombre alto y sorprendido se giraría un par de veces mientras bajaba las escaleras, para verla dibujar.
Dos días después, cuando él había encontrado otros detalles en los que pensar, ella volvió a aparecer en su rutina. Con una chaqueta oscura, unos vaqueros y el mismo bloc bajo el brazo. A sólo unos metros, al otro lado de un paso de peatones que pronto se pondría en verde. Estaban en la otra orilla del río, lejos de cualquier zona turística de la ciudad.
Las coincidencias parecían existir de verdad.
En cuanto el semáforo dio el aviso y los coches se detuvieron, ambos salieron corriendo. Porque todo el mundo sabía que el verde no duraba el tiempo suficiente para cruzar ningún paso de peatones en toda la ciudad. Cuando se cruzaron él, intencionadamente, se movió para pasar junto a ella, pero la chica ni siquiera le miró. Los coches arrancaron de nuevo y el soldado y la dibujante se perdieron de nuevo, en direcciones opuestas.
Él no podía dejar de sentir curiosidad sobre la chica, pero era algo puntual, algo que sólo venía a su mente cuando la veía. Y eso sólo había sucedido en un par de ocasiones, tampoco era tan extraordinario.
Pero cuando se cruzaron una tercera vez empezó a pensar seriamente en las coincidencias. Porque Praga era una ciudad demasiado grande como para que dos personas que no estaban para nada relacionadas entre sí se encontraran tres veces en menos de diez días. Incluso cruzarse con esa persona más de una vez en una ciudad como aquella, donde había tanto movimiento de turistas, era un fenómeno cuando menos inusual.
Así se lo estaba contando a dos de sus compañeros un día más tarde, mientras salían del castillo. Mochila en mano y con la intención de olvidar todo cuando contara aquella anécdota. Tenía la impresión que si alguien más lo sabía, le daría una visión tan normal y simple del asunto que él lo acabaría olvidando. ¿Cuáles eran las posibilidades de verla otra vez?
Era una locura. Se lo repitió unas cuantas veces mientras se tomaban una cerveza en el bar de la plaza. Estaba a medio minuto del castillo y aunque había probado cervezas mejores, le gustaba mucho ir allí. Sentarse en una mesa junto a un ventanal y tener los tejados de Malá Strana a tus pies con el Moldava de fondo no tenía precio.
Un par de horas después, cuando se despidió de ellos, enfiló el puente de Carlos a paso ligero, evitando a duras penas la cantidad de gente que lo cruzaba en aquel momento. Los dibujantes empezaban a recoger sus puestos y él, casi sin querer, comenzó a fijarse en todos los que iba viendo. Una parte de él quería provocar la coincidencia, quería verla otra vez. Por curiosidad, por saber si eran posibles las cuartas ocasiones.
Pero ninguno de los que cruzaban el puente tenían el pelo oscuro y los ojos almendrados de la dibujante misteriosa, como había empezado a llamarla en silencio.
Caminaba como un autómata hacia la parada de metro, sin pararse a mirar por qué calle iba. Era el camino de siempre, no había manera de equivocarse. Sin embargo, acabó junto al Reloj Astronómico, en vez de en la parada de Mustek.
La plaza del Reloj estaba desierta. Echó un vistazo a la hora y lo entendió: faltaban más de cuarenta minutos para que volvieran a dar las en punto. Aún así había movimiento por los puestos de los alrededores. Dio una vuelta a la plaza, disfrutando de la calma.
La cuarta ocasión apareció a pocos metros.
Y aunque en ese momento se sintió un poco ridículo, no pudo evitar sonreír cuando vio a su dibujante misteriosa allí. No llevaba el bloc bajo el brazo, pero un carboncillo se balanceaba entre sus dedos.
Él decidió acercarse. No iba a perder la oportunidad de preguntarle. Quería saciar su curiosidad y saber por qué aquella esquina de la catedral, el primer día que la vio dibujando; por qué aquella y no cualquiera de las mil opciones que había en todo el castillo.
O quizás, en el fondo, le interesaba algo más que su forma de dibujar.
Más notas: Por si a alguien le interesa saber sobre el funcionamiento y lo famoso del Reloj Astronómico de Praga. Lo explican mucho mejor de lo que yo lo haría jamás.
