nasirid wrote in lost_realm 😊accomplished

La procesión del agua

Título: La procesión del agua
Fandom: Original
Notas: Escribí esta historia hace tiempo, es mi primer original de verdad. Había un concurso por ahí de relatos con la temática del agua y aunque no tenía intención de presentarme, esta idea me llegó a la cabeza al poco de leer las bases y no pude dejar de escribirla.

No sé cuánto sabéis del tema o no, así que os pongo un poco en antecedentes. En los años 40-60 se construyeron muchas presas (o embalses) en España. Algunos de ellos iban situados en lugares donde ya había un pueblo o una aldea, de forma que esas casas y esa historia se quedó perdida bajo el agua, la gente teniendo que irse de allí y abandonando el que había sido su hogar.

Dicho lo cual, espero que el elejota no me haga de hacer muchos post para poder subir el relato entero.

....


El viento corría por entre las calles estrechas, pegándose a las paredes de piedra, subiéndose hasta los balcones y revolviendo la ropa de los tendederos. Un par de hojas de un periódico del día anterior se unieron a su carrera hacia el centro del pueblo. Allí, en la plaza, donde una treintena de vecinos iba reuniéndose poco a poco. El viento repentino salió hacia ellos como un resorte al dejar atrás la estrechura de la calle y expandirse por la pequeña plaza cuadrada. Las faldas de un par de ancianas ondearon al viento, revelando por segundos el color de sus enaguas; unos cuantos hombres estuvieron a punto de perder sus sombreros. Y de pronto lo único que se escuchó fue el rugido lejano de un motor acercándose. Las personas se habían quedado en silencio.

Se miraron unos a otros, mientras un par de niños preguntaban en voz alta por qué todo el mundo se callaba. Otros pequeños aprovecharon el fugaz despiste de sus abuelos para soltarse de sus manos y echar a correr en círculos. “¡Tonto el último!”, gritaban sonrientes, intentando pillarse los unos a los otros.

Pero los mayores no les acompañaron en sus risas. No. Ellos miraron al cielo, como habían hecho tantas veces desde que se levantaran aquella mañana. Y mientras el viento se alejaba removiendo la arenisca del suelo, la esperanza de todo un pueblo se iba con él.

Porque ya era la costumbre. Despertarse, abrir una ventana y mirar al cielo esperando que no fuera tan azul. Esperando que, con suerte, aquel fuera uno de los últimos miércoles que se reunirían todos a las doce en la plaza cargados de garrafas.

Teresa lo había creído aquella mañana al levantarse poco después del amanecer y ver que los nubarrones cubrían por completo el cielo. De haber podido sonreír lo habría hecho, porque sus huesos no estaban ya para seguir cargando las garrafas todas las semanas. Y había creído, como todos sus vecinos, que por fin las nubes no se irían corriendo de ellos, no huirían. Por fin sus huertos, cada vez más pequeños, no se morirían de sed una semana más.

Era la lluvia: la esperanza y el deseo ferviente de todo un pueblo.

Aún con los nubarrones encima, las calles estrechas de paredes blancas y de piedra vivieron un miércoles más lo que Teresa llamaba ‘la procesión del agua’. A veces a las once y media, a veces antes, los vecinos llenaban de susurros el silencio de la mañana. De un ir y venir de casa hacia la plaza, del golpe sordo de dos garrafas de plástico chocando al ritmo de unos pies que antaño habían sido rápidos.

Teresa sólo daba un paseo. Su casa estaba lo suficientemente lejos de la plaza como para que tener que dar dos viajes supusiera un esfuerzo que sus años ya no aguantaban. De todos modos ella tampoco gastaba demasiado, se decía cada vez que llegaba a la plaza y veía el tropel de garrafas. Hacía años que su única compañía eran los recuerdos y las visitas semanales de sus hijos.

Recuerdos de cuando las garrafas eran cubos más rudimentarios, de cuando los camiones cisterna eran los dos chorritos de agua de la fuente natural que había junto al río. Y cuando todo aquello aparecía en su mente, su boca se curvaba en una sonrisa tranquila; una sonrisa que sabía que pronto aparecería el momento que esperaba recordar cada miércoles, de camino a la plaza. Era su ritual, su granito de arena a la ‘procesión’. Guardar aquellas vivencias para verlas una única vez a la semana.

Porque los recuerdos, inclusos los más felices, podían resultar fatales si se vivía constantemente con ellos. Era algo que Teresa había llegado a aprender después de más de 20 años de soledad.

Y aunque se prohibía a sí misma vivirlos una y otra vez, era capaz de decirle a cualquiera que le preguntara el día exacto, incluso recordaba con claridad la gente que se había cruzado aquella mañana mientras llenaba un cubo de agua. Habían pasado 55 años pero si se esforzaba, Teresa podía ver en su cabeza las miradas de lástima que le dirigían. Y por aquella época se preguntaba cada mañana si la gente del pueblo dejaría alguna vez de mirarla con compasión por los hermanos que la guerra le había quitado.

Iba de luto de la cabeza a los pies, sudando como la ropa negra te hace sudar en pleno mes de agosto, cuando la temperatura de las ocho de la mañana no baja de veintitantos grados. Estaba sentada en el murillo que habían construido junto a la fuente, mientras esperaba que los vecinos más madrugadores le dejaran llenar sus cubos y volver a casa. No hablaba con nadie más que para responder cortésmente las preguntas obligadas.

“¿Cómo sigue tu madre?” “¿Qué tal lleva el terreno tu padre?” “Pobre hombre, sin la ayuda de sus hijos mayores.” “Qué pena, qué guerra más mala, hija, más mala.” “Y tu pobre madre, que de pronto se ha quedado solamente contigo.”

Lo de siempre. La charla de sus vecinos, que la compadecían por ser la única de los tres hermanos en sobrevivir a la guerra. La mujercita de la familia, la que seguramente no serviría de mucha ayuda para su padre. ¡Como si ella no supiera coger un escardillo! ¡Como si la pobre y jovencita de Teresa no tuviera callos en los dedos de descapotar las almendras!

Pero ella, educada como le había enseñado su madre, respondía de forma mecánica, sin dejar entrever que lo único que quería era llenar los cubos y marcharse. Que escuchar las historias de lo que habían perdido unos y otros en la guerra le cansaban, que después de un año ya se las sabía de memoria, que el victimismo de los demás le traía sin cuidado. Pero asentía, ladeando la cabeza con gesto apático cuando se referían a sus hermanos y mirando al suelo cuando la dejaban tranquila.

Y sin embargo a partir de aquella mañana ya no protestaría por tener que ser ella quien fuera por el agua. Nunca más volvería a quejarse con su madre de lo cotillas que podían llegar a ser sus vecinas. Sin darse cuenta dejó de gruñir cuando su madre le ponía los dos cubos en las manos cada amanecer.

Porque aquella fue la primera mañana que Manuel se sentó a su lado en el murillo, esperando su turno también.

Supo su nombre antes de que él se parara a mirarla. Habladoras como eran sus vecinas no tardaron en saludar al joven, que parecía abrumado y ligeramente avergonzado ante tanta atención. Con un ‘buenos días’ de voz ronca y seca consiguió llamar la atención de Teresa, perdida en sus cosas hasta aquel momento.

Aquella primera mañana él sólo se fijó en ella cuando Carmela, una de las vecinas, les presentó. Un cruce de miradas que duró lo que dura un suspiro. Y si hasta entonces Teresa se había quejado de tener que aguantar siempre la cháchara de sus vecinas tan temprano, a partir de aquel día se quejaría del malhumorado Manuel Fernández, que pensaba que ‘buenos días’ era una conversación completa. Le molestaba que el muchacho no respondiera con algo que no fuera un monosílabo cuando alguno de los vecinos le preguntaba por su padre, o por cómo se estaban adaptando al pueblo, o por cualquier cosa.

Y camino de la plaza, con sus dos garrafas de plástico bailándole en las manos, la Teresa de setenta y tres años perdía la vista en las montañas que se ocultaban tras las casas. Recordaba lo fácil que había sido descubrir la historia de los Fernández. Y lo complicado que había sido al mismo tiempo ocultar que, repentinamente, ella sentía un interés especial por aquella familia.

Con el paso de las semanas Teresa iba conociendo detalles diferentes: el porqué de la cojera de Manuel, la razón de los ojos tristes de Ana, su hermana mayor... Y Teresa siempre quería saber más, quería entender por qué los señores Fernández y Ana eran tan amables con todo el mundo y sin embargo Manuel se mostraba siempre tan reservado.

Tantos años después, Teresa no podía evitar sonreír con un deje de burla al ver la chica tan inocente que había sido con 18 años.
Necesitó semanas para darse cuenta de que la curiosidad por los cuatro Fernández en realidad era curiosidad sólo por Manuel. Y le hicieron falta casi dos meses más para aceptar que aquella curiosidad era demasiado enfermiza para ser sólo eso.

Cuando Manuel Fernández la ayudó por primera vez a llevar los cubos de agua hasta su casa, Teresa supo que se había enamorado. Así, de repente, sin estar segura de qué era todo aquello del amor. Su lógica, convertida en un eco inaudible, le recordó que apenas habían cruzado un par de frases.

Como si aquello realmente importara.

Pero necesitó algo más de tiempo para descubrir que no era la única enamorada de los dos. Días en los que podía pasar rápidamente de estar enfadada a tener ganas de llorar, horas perdidas en las calles del pueblo con la esperanza vana de provocar un encuentro casual. Y aún recordaba la mañana que su padre se preocupó al ver cómo le caían los lagrimones mientras descapotaba un saco de almendras. Pobre Juan, pensar que creyó que su niña era de repente alérgica a aquel polvillo molesto de los almendros.

Era el momento justo, como cada semana. La Teresa del presente cruzaba la última esquina antes de entrar en la plaza del pueblo cuando en su mente, a años luz de su cuerpo, revivía el comienzo de los que habían sido los años más felices de su vida.

En el presente la plaza volvía a estar llena como cada miércoles. Las garrafas de distintos tamaños y colores intentaban permanecer en su sitio mientras los niños correteaban alrededor, haciendo de ellas sus obstáculos, como si de una yincana se tratase. Pocos ponían el grito en el cielo cuando uno de ellos le rociaba las garrafas, llevándolas hasta el otro lado de la plaza. Era un pueblo anciano, donde las pocas decenas de habitantes superaba con creces los cincuenta años y en verano, mientras los padres esperaban por sus propias vacaciones, los abuelos pasaban a ser las niñeras. Aquellas temporadas el pueblo se rejuvenecía, ¿cómo podía quejarse alguien por eso?

De todas formas el camión cisterna no tardaría en llegar y entonces los chiquillos pararían sus carreras. Era extraño, todos se quedaban boquiabiertos mientras la manguera iba llenando una a una las garrafas de sus abuelos. No era muy habitual para ellos ver el agua como un elemento tan valioso. Cada vez que la manguera pasaba de una garrafa a otra se hacía con un cuidado extremo y eso era lo que sorprendía a los chiquillos. Todas las gotas parecían valiosas, no como aquellas que se perdían en sus grifos de la ciudad, que acababan muriendo en los desagües sin que nadie las despidiera con desconsuelo.

Y aunque algunos eran todavía pequeños para entenderlo, otros sí que lo recordaban. Al volver a sus casas recordaban aquellas gotas que se perdían en el suelo de la plaza del pueblo y entonces cerraban de golpe el grifo mientras se enjabonaban las manos. Era divertido intentar abrirlo con el jabón poniéndolo todo perdido.

Los nietos de Teresa habían estado en el pueblo hasta la semana anterior, aunque ya no se sorprendían con el agua cayendo dentro de unas cuantas garrafas. Ellos preferían correr calle abajo, cruzar la carretera que llevaba hasta el pueblo y bajar hasta el pantano a bañarse.

El pantano. El único lugar del pueblo que Teresa evitaba siempre que podía.

Ninguno de sus tres hijos había entendido por qué entonces ella se había mudado a aquel pueblo catorce años atrás. Por qué teniendo su espacio para vivir con cada uno de ellos en la capital, ella había decidido volver atrás. Retroceder como los cangrejos, como el animal herido que se ve solo al final de sus días y que corre a buscar su pasado. Pero en el caso de Teresa no quedaba pasado al que volver.

No había ni un solo ladrillo donde poder llevar a sus nietos y contarles anécdotas de su niñez. No quedaban ventanas desde donde mostrarles el paisaje que la había despertado cada mañana. Tampoco estaba en pie el olivo de la discordia, aquel árbol que de niña le había parecido una fortaleza gigante y que se encontraba en mitad de la linde de los terrenos de sus padres. Nunca podría ayudar al pequeño Abraham, que ya tenía 12 años, a subirse por las ramas y que le contara qué se veía desde lo alto. Si el paisaje había cambiado algo en cincuenta años.

No quedaba pasado, sólo agua.

Y las lágrimas se le amontonaron en los ojos cuando el camión cisterna paró a unos pocos metros. Era la soledad, se decía continuamente, pero después de 14 años viviendo sin compañía no se acostumbraba. Quizás no lo hiciera nunca.

Volver una y otra vez al pasado, mezclarlo con el presente tan a menudo que había días que no sabía si seguía teniendo setenta y tres años o si aún no había llegado a los treinta.

Con esos años había sido feliz. Su única preocupación era que Alejandro, el más pequeño de sus hijos, no se partiera los dientes correteando por las calles empedradas del pueblo.

Con treinta años Teresa no sabía qué era vivir en sequía, no sabía qué era tener que racionar el agua, no sabía cómo regañar a sus hijos porque tirasen casi todo el agua de la bañera antes de estar limpios. Porque en 1952 la familia de Teresa vivía cerca de un río caudaloso, a cinco minutos de la fuente donde había conocido a su marido. Y ella vivía sonriendo, dando gracias a Dios cada mañana por dejarle encontrar a Manuel, por permitirles vivir tranquilos y felices en su pequeña casa, con sus tres niños.

Pero con treinta años Teresa tampoco sabía que el pueblo donde había crecido estaba en el lugar equivocado. Nadie lo supo hasta que empezaron los rumores. Y la gente joven comenzó a marcharse del pueblo, huyendo a la ciudad más rápido de lo que habían planeado. No querían continuar sus vidas allí si el pueblo, como se decía, no tardaría demasiado en desaparecer.

La primera vez que ella escuchó los rumores fue a través de Manuel. Y él no les daba importancia, no hacía más que decir que si los políticos quisieran hundir el pueblo bajo el agua de un embalse necesitarían muchos años. “Además”, insistía el hombre, “¿qué pinta un embalse en un valle como este?”

Pero pintaba y mucho. ¿Cómo podían ellos saberlo?

Sus hijos también acabaron por irse, cediendo a la tentación que suponía tener la capital a menos de una hora de camino. Sin embargo el matrimonio no se planteó seriamente abandonar su hogar hasta que en 1970 los rumores cobraron más fuerza que nunca.

A ninguno de los dos le gustaba la idea. Para Teresa significaba abandonar todo lo conocido. Todos sus recuerdos estaban allí, toda su familia había estado allí siempre y la idea de abandonarla le horrorizaba. Ella, religiosa como era, no se imaginaba marchándose del pueblo y dejando a sus padres y sus hermanos atrás, en el cementerio que tan bien se conocía.

Para Manuel las raíces no eran tan profundas, ni tampoco dejaba a nadie atrás. Cuando su familia había llegado allí en 1940 él había sido el único en atar lazos con el pueblo. Un par de años después de casarse, su hermana se marchó a un pueblo cercano, llevándose a sus padres con ella poco tiempo después. Así que a Manuel sólo le quedaba Teresa. Y se le encogía el corazón cada vez que veía a su mujer con la mirada perdida, como si estuviera recogiendo todos sus recuerdos y los metiera en la maleta de su mente. Entonces él llegaba a su espalda, la oía suspirar reteniendo el llanto y se acercaba. Pasaba un brazo por sus hombros, la atraía hacia su pecho y le recordaba alguna de las diabluras de sus hijos mientras le besaba en la sien derecha.

Teresa sonreía y se olvidaba de llenar su particular maleta.

Aún con los recuerdos a buen recaudo en sus retinas, Manuel y Teresa comenzaron a movilizar el papeleo que suponía cambiar de domicilio. Con ayuda de sus hijos encontraron un pisito en una barriada a las afueras de la ciudad. Una zona tranquila, cerca del campo, donde muchos de sus vecinos del pueblo habían elegido también trasladar sus hogares.

Sería como cambiar únicamente el paisaje de sus ventanas, comentaba Manuel con una sonrisa llena de ilusión intentando reconfortar a su mujer. Para él tampoco era fácil. Nunca había sido gran amigo de los cambios. No antes de la guerra, mucho menos después. Su camino había estado constantemente yendo de una dirección a otra y a los 50 años creía que por fin se había establecido, que ya sólo le quedaba seguir recto hasta el final. Y sin embargo, el siguiente giro sería el último.

Al mes de noviembre de 1972 le quedaban sólo unos días. El piso de la ciudad aún no estaba terminado y Teresa ni siquiera había logrado entender todo el proceso para trasladar los restos de su familia a otro cementerio, cuando su felicidad se truncó.

La maleta que era su memoria se llenó entonces de dolor, apartando durante meses cualquier otro recuerdo que pudiera hacerla sonreír.

Cuando Manuel falleció, ninguno de sus hijos consiguió que fuera enterrado en uno de los cementerios de la ciudad. Algaida del Campo tenía poco menos de un año de caducidad. Y la única solución que encontraron fue la incineración, pero Teresa salió de su letargo como una fiera rota de dolor. Nadie quemaría a su esposo; nadie le haría pasar de nuevo un infierno.

Y entonces la mujer se escondía en un rincón de la habitación, murmurando las penurias que su amado marido había tenido que pasar en la guerra. Las veces que había llorado a escondidas cuando un recuerdo le atormentaba, cuando una bala fantasma se clavaba de nuevo en su rodilla. Aquel había sido suficiente infierno para él.

Teresa, en su dolor, no supo ver que el infierno podía no alimentarse sólo de llamas.

De vuelta a casa, con el peso de las garrafas escociéndole en los dedos por el esfuerzo, la mujer esbozaba una sonrisa cortés.

Educada, como le había enseñado su madre. Con los sentimientos guardados, que nadie en el pueblo se diera cuenta que aquella anciana quería echarse a llorar mientras le llenaban las garrafas. Que ninguno de sus vecinos se viera en la obligación de preguntarle si se encontraba bien y que ella no tuviera que responder, porque en su educación no entraban las mentiras. Por eso se despidió del corrillo de personas y, renqueando un poco en su caminar, sujetó con fuerza las dos garrafas y se marchó directa a casa. Los hombros le tiraban y sentía los codos gritando que querían dislocarse o parar, y entonces supo que no le quedaría más remedio que admitir a sus hijos que les necesitaba.

Nunca, en los 14 años que llevaba viviendo en Araujo, había aceptado ayuda de nadie. Con el paso de los años y de la soledad Teresa se había convertido en una mujer independiente. Quizás porque le daba miedo aferrarse de nuevo a alguien, porque ya había perdido el punto de apoyo una vez.

Cuando llegó a casa la encontró vacía y oscura, como siempre. Empujó la puerta y dejó las garrafas en medio de la entrada. Caminó unos pocos pasos y se detuvo frente al aparador, saludando en silencio a sus fotografías como hacía cada vez que entraba. Era el único recuerdo que se permitía mantener fresco todos los días. Y a veces Teresa podía pasarse días enteros sin conversar con nadie más; con nadie que no fueran unas fotografías viejas en blanco y negro que empezaban ya a ponerse amarillentas.

Porque al fin y al cabo, “Buenos días, vecino” nunca había sido una conversación completa.

El canto de Dardo llamó su atención, interrumpiendo el ritual de saludo que ya duraba más de lo habitual. Teresa se permitió el esbozo de una sonrisa sincera, pensando en lo que sonreiría su nieto Quique cuando le dijera que el pájaro perdiz ya cantaba. El pobre animal había sufrido en varias ocasiones la conversación interminable de un chiquillo de cuatro años que apenas respiraba cuando cogía carrerilla y hablaba. Un niño curioso que desobedecía las indicaciones y metía los dedos entre los barrotes de la jaula, queriendo acariciar al pájaro.

Por eso lo habían llamado Dardo, porque Quique decía que su pico dolía más que pincharse con aquellos juguetes que su padre tiraba a la cosa redonda y brillante que había pegada en la pared del sótano.

El reloj marcaba la una y cuarto y Teresa empezó a preparar el almuerzo más por rutina que por ganas. Los primeros años después de la muerte de Manuel había comido únicamente lo que le habían puesto por delante; ella no tenía la voluntad suficiente de ponerse a preparar nada. Por eso pasó sólo dos semanas viviendo sola en aquel pisito de las afueras que había comprado con Manuel.

Y mientras picaba un par de tomates pensaba en los adoquines tan resbaladizos de la que había sido su calle de toda la vida. Aquel era el día de los recuerdos, se decía, podía permitirse ese tipo de cosas. Igual que podía traer de nuevo a su ojos la imagen de las calles desiertas de Algaida del Campo, un día antes de marcharse definitivamente. Y podía reconstruir la torre de la iglesia donde se había casado o el murito de la fuente donde había visto a su marido por primera vez.

Lo recordaba, pero las lágrimas no la acompañaban. Quizás porque había ya demasiada agua involucrada.

Rememoraba también los malos años que habían venido después de la inundación del pueblo. Las veces que había hecho llorar a sus hijos asegurándoles que su mayor meta en la vida era morir, que era lo único por lo que esperaba. Porque para ella no era contradictorio, sólo quería irse una mañana, que nadie pudiera ya despertarla. Y aquel fue el lamento que día tras día escucharon sus hijos; la banda sonora con la que crecieron sus nietos mayores.

Y el mismo infierno que la enterró en su amargura, la sacó a flote.

Un día cualquiera de febrero del 81 se reencontró con su pasado, con aquel lago inmenso que lo cubría, con la arboleda de pino que seguía vistiendo las laderas del que había sido su hogar. Y fue como despertar de una larga noche, como si aquella imagen en la televisión le hubiera devuelto de golpe las ganas de tener una meta más en la vida. Algo que hacer antes de la muerte.

Había sido una época extraña, cuando la única televisión de la casa repetía una y otra vez aquellos reportajes sobre los vecinos del desaparecido Algaida del Campo. Teresa conocía sus caras, veía que a pesar de todo habían salido adelante. Que no olvidaban su pasado, lo que habían dejado bajo aquellas aguas, pero no se habían estancado. Y aquel egoísmo que había desarrollado le apretó súbitamente en la boca del estómago. Se preguntó por qué ellos sí y ella no, por qué ella seguía viviendo bajo aquel embalse si allí no quedaba más que barro y piedras.

Y se marchó a Araujo, pueblo vecino de su antiguo hogar, desde el que se veía parte del embalse. Teresa no quería estancarse pero tampoco salir completamente a la superficie. No tenía edad ni ánimos para ello. Se fue dejando a sus hijos en vilo, que la visitaban a diario al menos unos minutos, aunque supusiera un camino largo para recorrer cada día.

No, ellos no sabían fiarse sólo del teléfono.

Y les costó casi un año aceptar el cambio, respirar tranquilos y conformarse con hablar a diario con su madre, con visitarla siempre que podían y con traerla cada fin de semana a la capital. A Teresa sin embargo le costó más tiempo vencer el miedo al embalse. Tuvieron que pasar varios años para que ella se atreviera a salir de los límites del pueblo y caminara hasta el pequeño mirador improvisado a las afueras, junto a la carretera principal.

Era el día de los recuerdos, decía una voz neutra en su cabeza una y otra vez.

Y los tomates se quedaron a medio picar en la fuente de cristal.

El camino hasta el pantano no era demasiado largo, aunque a ella le tomó el doble de tiempo que a una persona normal. Había sacado del paragüero aquel bastón que su hijo mayor le regalara un año atrás y que apenas había usado. Lo agarraba con una fuerza innecesaria mientras caminaba, sin prestar atención al viento, que seguía moviéndole la falda y despeinando el recogido gris. El mismo recogido que se peinaba día tras día, desde hacía ya tantos años de forma mecánica... Teresa nunca más había dejado su pelo suelto, con lo que a su Manuel le gustaba. ¡Qué poco de aquella vieja Teresa quedaba ya en ella!

Los coches pasaban de vez en cuando a su lado, tal vez demasiado cerca del arcén por donde ella caminaba. Hasta un vecino se detuvo para ofrecerse a llevarla, pero ella declinó la invitación. Educada como siempre, pero sin desviar la mirada del eucalipto enorme que había en el recodo, en la curva cerrada a la derecha que se adivinaba cincuenta metros delante. Al pasar a su lado la mujer acarició su corteza, sintiendo la aspereza bajo sus arrugas.

Y allí estaba. Con el viento creando ondas a su paso; ondas verde azuladas que rompían en pequeñas olas contra los bordes.

El pantano de Algaida.

Nadie habría dicho que allí hubo vida alguna vez, la mayoría de la gente que pasaba últimamente por el lugar pensaba que la pequeña mancha oscura que sobresalía del agua al fondo del pantano no era más que un árbol. Un árbol que en su día habría tenido que ser gigantesco para alcanzar semejante altura. Sólo los que conocían la historia del lugar acertaban a pensar en el campanario de la vieja iglesia del pueblo. El único edificio que las máquinas no habían querido derruir. ¿Las casas? Reducidas a ladrillo y piedra. No había quedado otro remedio cuando varios vecinos se negaron en rotundo a abandonar el pueblo. Hacer añicos sus hogares había sido la única solución para que no pudieran esconderse en ellos.

Sólo una había permanecido en pie.

La única casa que había quedado intacta, la única familia que no lo había perdido todo aquel 15 de diciembre de 1973. ‘La familia invisible’ les decían en el pueblo, la leyenda urbana de los ‘señoritos’ que encendían las luces del caserón en vacaciones y algún que otro fin de semana al año. Los menos apegados al pueblo habían sido los únicos en permanecer en él, qué extraño el destino. La altura de la colina donde estaba construida y su ubicación, en los límites del pueblo, la habían salvado del hundimiento.

Y donde antes aquel caserón de dos pisos había dominado el pueblo, ahora dominaba el pantano. Lo que antaño había sido una terraza dando a un pequeño barranco ahora era un mirador, con pequeños escalones de piedra perdiéndose hacia abajo, en el agua, en lo que ahora se había convertido en un embarcadero. Allí donde años atrás sólo hubiera piedras ahora era agua y diversión.

Teresa se detuvo a unos pasos del borde del monte, apoyándose con más fuerza que nunca en su bastón. Qué injusto era el destino a veces y qué cruel, pensaba la mujer al observar el caserón. A ella le habría encantado terminar su vida en el pueblo, con su Manuel, pudiéndolo visitar todos los días, con las calles que la habían visto crecer. Y todos los que, como ella, estaban aferrados al pueblo se habían tenido que ir.

El ruido de un par de motos pasando detrás de ella no la distrajo, incluso era posible que Teresa ni siquiera las hubiera escuchado. Ella sólo estaba pendiente de aquel punto oscuro al final del embalse, nada más.

No notó tampoco cómo las nubes se oscurecían.

La iglesia de San Germán, con las dos campanas en lo alto de la torre, que repicaban ya con cansancio el día de la boda de Teresa y Manuel. El monumento más antiguo del pueblo había sido lo único que había quedado en pie, aunque sepultado por miles y miles de litros de agua. Tan al fondo que no podía ni verse el pico más alto del edificio.

Pero la sequía lo descubría todo.

Teresa se dio la vuelta y comenzó a caminar, enjugándose lentamente el par de lágrimas que se le habían escapado. Quería que lloviera de una vez, no hacer más colas esperando el camión cisterna, no cargar más con las garrafas. Quería ver al cielo llenar aquel embalse, que hundiera un poco más sus recuerdos. Porque ver el campanario de la iglesia no era buena señal y al paso que iban, pronto empezarían a ver más. Y Teresa no quería. Más allá de lo que supusiera psicológicamente para ella. Porque si la iglesia volvía al mundo, ellos seguirían midiendo el agua con cuentagotas.

La mujer pensaba también en toda la gente que dependía de aquel embalse. ¿Hasta qué punto habrían de racionar el consumo si seguía sin llover?

Que su mundo se hundiera, que no volviera a ver jamás la tumba de su marido ni recorrer los lugares donde había sido feliz. Eso quería.
Entonces la mujer se detuvo de repente y miró el cielo con una media sonrisa.

El viento había detenido su carrera.